Ella hurga en mi cabeza
como una amorosa madrastra
hace con su niño empiojado,
y dócil, yo me dejo,
y me deleito
en el meticuloso transcurrir
de esos dedos finos
que siembran entre pelos y piel,
el sinuoso sendero
de escalofríos
en descenso
que a paso de nube gorda
y brisa,
buscan el final
de mi espalda,
y punto de delirio.
Imagen:
Rita Bernstein
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